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Distimia: Transtorno depressivo persistente

La entrada en la tercera edad es un momento que viene acompañado de numerosos cambios en la vida personal. Cambios de rutina, de relaciones, de horarios y de hábitos.

En muchas ocasiones, estos no son recibidos con demasiada alegría, lo que lleva a los mayores a caer en estados parecidos a la depresión, pero que tienen algunas diferencias.


Nos referimos aquí a la distimia. Esta se caracteriza por crear largos periodos de tristeza y melancolía que hacen que las personas mayores no puedan disfrutar del merecido descanso de la última etapa de sus vidas.


Uno de los puntos en los que más hay que detenerse es en las diferencias de esta patología con la depresión severa. Es crucial distinguirlas, ya que el modo de proceder en ambos casos puede ser bastante diferente.


Sin embargo, la distimia se cura y puede ponérsele solución con relativa facilidad, algo que tienen que saber los cuidadores y todos los que rodean a las personas mayores para evitar las peores consecuencias de un trastorno que vamos a conocer más a fondo.

Qué es la distimia

La distimia está catalogada como una enfermedad depresiva leve, pero prolongada en el tiempo. Se produce, como otros trastornos depresivos, por un descenso de los niveles de serotonina en el cerebro. Esto puede deberse a causas genéticas, pero también es algo que no tiene que tener factores físicos determinantes y sí unas condiciones de vida evaluadas como negativas por parte de los pacientes.


La distimia se puede presentar a cualquier edad. Incluso los menores pueden manifestar sus síntomas, aunque son las personas mayores las que muestran una propensión más alta a este tipo de patología y una mayor prevalencia de los síntomas que la acompañan.


En estas personas, el trastorno distímico suele tener una duración no inferior a los dos años. Esto es lo que hace que sea fundamental identificar cuanto antes sus síntomas para poder actuar sobre ellos y no permitir que el trastorno altere por completo la vida diaria de la persona que lo esté sufriendo.


Como ya hemos apuntado, la distimia es un trastorno depresivo leve. Se caracteriza por un estado de tristeza y melancolía persistente. Eso sí, dentro de este estado, los pacientes distímicos mostrarán altibajos que pueden confundir bastante a las personas que los están cuidando por considerar que se están produciendo mejoras o retrocesos cuando, realmente, es la enfermedad la que está siguiendo su curso.


En cuanto a sus síntomas principales, la variedad es realmente amplia. Sin embargo, siempre hay que estar alerta cuando los mayores despierten sin motivo mucho antes de su hora habitual, pierdan peso de forma considerable en poco tiempo, muestren desgana ante planes que siempre habían valorado positivamente o dejen de mantener sus relaciones sociales.

La importancia de la afectividad

Como ha quedado claro antes, la distimia no deja de ser un trastorno depresivo. Sin embargo, al ser leve y al ser sus síntomas tan discretos, son muchas las personas que lo sufren y solo reciben la incomprensión del círculo que tienen cerca.


Esto no hará más que agravar el problema, ya que el mayor se sentirá incomprendido y caerá en una espiral de tristeza y alejamiento de las relaciones sociales que puede acabar en el desarrollo de ciertas patologías.
Tanto el círculo social como familiar de las personas mayores tienen que estar pendientes de la aparición del más mínimo de los síntomas de la distimia.

En caso de advertirlos, el afecto y la empatía hacia la persona afectada debe mantenerse e incluso crecer sin que existan reproches ni intensos de dar ánimos que sean superficiales.
Hay que recordar que la distimia es un trastorno psicológico. Es decir, aunque se traduce fisiológicamente en un descenso de los niveles de serotonina, su origen está en la mente. Es por ello aconsejable animar a nuestros mayores a visitar la consulta de un psicólogo, ya que es este profesional el que cuenta con las herramientas necesarias para poner remedio a la enfermedad.


Otro aspecto clave que hay que evaluar es si la distimia ha aparecido por la vivencia de un acontecimiento afectivamente negativo. En las personas mayores, esto puede ser, por ejemplo, el hecho de jubilarse. Son muchos los mayores que no encajan bien el retiro, así que un poco de ayuda psicológica puede venir muy bien a las personas que se sienten incapaces de afrontar con alegría la jubilación.

La depresión

Venimos hablando de depresión desde que hemos comenzado para señalar que la distimia es una enfermedad distinta, pero relacionada. Por ello, conviene aclarar también cómo se manifiesta la depresión para no confundirla en ningún caso.


La depresión es un trastorno mental que conlleva tristeza aguda, insomnio, baja autoestima y, en la mayoría de los casos, patologías anexas como la ansiedad. Todo este cuadro puede aparecer y manifestarse en una falta de ganas de hacer cualquier cosa e incluso en pensamientos suicidas en los casos más extremos.


La depresión es la versión más severa y radical del trastorno distímico. Eso sí, una depresión moderada que se alargue en el tiempo y se vuelva crónica, llevará sin duda a la aparición de un cuadro distímico en muchos casos.
Las personas con depresión severa diagnosticada deben estar sí o sí controladas por un especialista. Esto incluye tanto sesiones de psicología como de psiquiatría, ya que no son pocas las situaciones en las que el paciente debe medicarse para recuperar parte de su calidad de vida.

Las principales diferencias entre distimia y depresión

Aunque sea complicado distinguir a simple vista ambos cuadros, es importante tener claros algunos aspectos que pueden ayudar a conseguirlo sin demasiadas complicaciones.


La distimia no implica que el paciente pierda las ganas de hacer todas las actividades que siempre le habían gustado. Esto es algo que despista mucho a los cuidadores, ya que no es compatible con un cuadro de depresión severa y lleva a pensar que los episodios de tristeza son algo pasajero.


Además, la distimia no viene acompañada de procesos de ansiedad. Por el contrario, la depresión sí que suele estar muy relacionada con estos episodios, por lo que hay que controlar bien este aspecto.


Como se puede ver, la distimia es más sútil que la depresión, ya que esta última enfermedad sí que se muestra a las claras permitiendo que las personas que la padecen sean cuidadas por los que tienen cerca.

Los síntomas de la distimia

Una vez que se han aclarado los puntos básicos que muestran qué es la distimia y cómo esta se diferencia notablemente de la depresión, tenemos que fijarnos en todos los síntomas que causan esta afección para poder controlarlos de forma eficaz.


La lista es bastante amplia. Eso sí, no todos los síntomas se muestran con igual intensidad e incluso pueden aparecer unos y no otros como sucede con otras muchas patologías psicológicas.
Dicho esto, los siguientes son los síntomas que los expertos relacionan de una forma más intensa con la distimia:

  • Melancolía y tristeza permanente
  • Cansancio y baja actividad
  • Sueño y alimentación alterados
  • Pérdida de concentración y problemas relacionados con la memoria
  • Descenso de la autoestima y evitación de las relaciones sociales
  • La distimia se suele unir en el 75 % de los casos a otras patologías asociadas a la tercera edad
  • Gran incidencia de los pensamientos negativos

Es fácil ver que la lista de síntomas no puede ser más amplia. Esto hace que muchos cuidadores no sepan exactamente a qué se enfrentan cuando el cuadro distímico comienza a hacer su aparición, especialmente si viene relacionado con patologías previas.

Causas que pueden conducir a la distimia

Los expertos en comportamiento y psicología no han sido capaces aún de encontrar una lista sólida de causas que conducen a la distimia. Tampoco lo han conseguido con la depresión y otros trastornos similares.
Lo cierto es que la opinión mayoritaria es la que deja ver que estos trastornos psicológicos son multicausales, por lo que es imposible querer buscar una única causa sólida.


Dentro de los factores que más prevalencia pueden tener para crear un cuadro distímico se encuentran aspectos relacionados con la química cerebral, posible propensión genética, factores ambientales en lo que a las relaciones sociales se refiere o el autoconcepto que de sí mismos tienen los mayores.


Teniendo esto en cuenta, lo que tiene que hacer el cuidador es estar pendiente de los síntomas que antes señalamos para poder identificar la aparición de la distimia lo antes posible.

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Qué tipo de personas sufren distimia

Aunque las causas de la enfermedad no estén nada claras, sí que se ha creado un perfil de la persona que con mayor probabilidad puede desarrollar distimia. En este sentido destacan aquellas que presentan casos previos familiares. Parece que la comunidad científica está de acuerdo en que los procesos depresivos como la distimia tienen un alto componente genético que no se debe pasar por alto en ningún caso.


Las situaciones de estrés emocional también marcan a las personas y las conducen hacia esta patología. Casos como una reciente jubilación o la pérdida de una pareja deben poner a los familiares en alerta para estar pendientes de que la persona mayor no caiga en una espiral depresiva que conduzca a la distimia.


Asimismo, los mayores sedentarios tienen una mayor probabilidad de padecer este problema. Por ello, todos los especialistas en cuidado geriátrico no dejan de animar a que las personas mayores sigan manteniendo un cierto nivel de actividad física, algo que puede alejar patologías físicas y mentales de la vida de los mayores.


Un último aspecto crucial es el del sexo de las personas. Las mujeres demuestran tienen cinco veces más posibilidades de padecer distimia que los hombres según los números de diagnósticos realizados.


Con todo lo que hemos dicho aquí se puede crear un perfil general de la persona propensa a padecer distimia. Eso sí, nada de lo anterior quita para que cualquiera sea el que puede terminar con este problema mental.

Cómo se realiza el diagnóstico de la distimia

Aunque la enfermedad sea sutil y silenciosa, es posible atraparla y crear un diagnóstico certero que la desenmascare. No es sencillo y el proceso debe acometerse desde varios puntos para que no haya dudas de que se está ante un trastorno depresivo.


Así, las pruebas psicológicas son las que primero deben realizarse. La participación del psicólogo es clave, ya que la distimia cursa con síntomas muy parecidos a la depresión, pero también a otros síndromes como el bipolar. Por ello, el examen de este experto es crucial y servirá para descartar otros problemas de salud que necesitan un tratamiento exclusivo.


Dentro de las pruebas psicológicas, algo que también se evaluará es la persistencia de los síntomas. Para poder llegar a un diagnóstico de distimia en mayores, es necesario que se den al menos dos de los síntomas que antes señalamos y que estos lleven presentes dos años en el día a día de la persona afectada por el problema.


Si el psicólogo da el visto bueno al diagnóstico, habrá que pasar a las pruebas físicas. Aunque sean más raros, hay problemas de salud que pueden confundirse con la distimia. Por ello, es fundamental que se lleve a cabo un análisis por parte de un médico que descarte cualquier otro tipo de problema.


El último paso es el de un completo análisis de sangre. En muchas ocasiones, las sensaciones de tristeza o melancolía pueden venir provocadas por falta de ciertos minerales o vitaminas en el organismo. Este análisis servirá para comprobar que esto no está sucediendo.


Si se pasan las tres pruebas que hemos mencionado, el diagnóstico de distimia estará bastante claro y se podrá diseñar un tratamiento para luchar contra esta enfermedad.

Cómo se cura la distimia

Que la distimia se cura es algo evidente para muchas personas que lo han conseguido. Pero el camino no es ni mucho menos sencillo y agradable, ya que implica que el paciente debe tener ánimo para salir de la espiral en la que está inserto.


Es cierto que el tratamiento tendrá apoyo en medicamentos como los antidepresivos. Los de nueva generación han demostrado ser tremendamente eficaces para conseguir los mejores resultados posibles. Ahora bien, ninguna pastilla puede acabar con un síndrome depresivo como este, solo sirven de ayuda.


Por ello, el tratamiento debe estar enfocado a un cambio profundo de ciertos hábitos y a otros aspectos como los siguientes:

  • El primer paso del tratamiento y el más fundamental es conseguir que la persona mayor asuma la enfermedad y sepa que la padece. La negación de la misma es algo habitual e impide que se pueda llevar a cabo un tratamiento adecuado.
  • Hay que animar al paciente distímico a llevar a cabo actividades que fomenten su bienestar mental. El yoga, la meditación y otras muchas actividades físicas son capaces de ir poco a poco mejorando los niveles de bienestar psicológico haciendo que los síntomas de la distimia desaparezcan.
  • Se tome medicación o no, las visitas regulares al psicólogo se tienen que convertir en uno de los grandes pilares que ayuden a dejar atrás la distimia de una vez por todas.

Superar la distimia y recuperar un nivel de calidad de vida óptimo es posible. No hay que caer en la desesperanza y pensar que esta enfermedad acompañará a nuestros mayores el resto de su vida, ya que existen herramientas adecuadas para diagnosticar y curar.

Los problemas de no tratar la distimia

Si se evite la visita al psicólogo y al médica y se esconde la tristeza y la melancolía que provocan la distimia, los problemas solo irán a más.


Como dijimos antes, esta enfermedad es una suerte de depresión leve. No tratarla hará que sus peores síntomas se conviertan en crónicos e incluso vayan ganando en intensidad conduciendo irremediablemente a una depresión severa.


Esta última patología tiene muchas más complicaciones que la distimia. Es más, su aparición puede conducir a que se agraven enfermedades previas de todo tipo impidiendo que las personas mayores puedan disfrutar plenamente de esta etapa de su vida.

El cuidador y la distimia

Tanto los familiares como los profesionales del cuidado que se enfrentan a una persona con distimia tienen que saber que están ante una situación complicada. Animar a los mayores a retomar la actividad, a acudir a un profesional de la psicología o a aumentar su nivel de actividad no siempre es sencillo.


La paciencia y la empatía deben ser los pilares en los que se apoye la relación con la persona distímica. Es clave que el mayor se sienta acompañado y no presionado, ya que esto solo hará que se encierre aún más en sus problemas evitando cualquier tipo de contacto con el exterior.


Eso sí, el cuidador siempre debe ser un factor que incite a la actividad de las personas mayores. Estas tienen que escapar del bucle de sedentarismo y tristeza al que la distimia puede conducir.

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